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Jesús Maroto de la Heras

Los entresijos de la alianza hispano británica: problemas militares políticos y diplomáticos que hubo que resolver

Desde el principio de la Guerra de la Independencia las relaciones hispano-británicas estuvieron marcadas y condicionadas por una conflictividad constante. No fue una alianza fácil, incluso se la ha calificado como “infeliz” ya que la polémica que engendró se extiende todavía en la actualidad. Los historiadores han ocupado el campo que los políticos abandonaron hace casi doscientos años para añadir su interpretación a unos hechos que siguen motivando un desencuentro casi permanente entre españoles y británicos. No parece oportuno entrar a analizar lo que se ha escrito, cómo se ha escrito puesto que las diferencias de criterio en la valoración de los hechos siguen todavía muy vivas entre los historiadores. No obstante parece que ambas partes han empezado a hacer un ejercicio de comprensión, ponerse en el lugar de la otra y analizar fríamente los aspectos que justificaban a cada una. La comprensión solo puede llegar por este procedimiento. No es fácil, pero creo que, como parte española, me debería situar en cómo la británica comprendió el conflicto y cómo su actuación se hizo de una determinada manera.


La batalla de Medellín

Una multitud excitada se había congregado en la plaza mayor de Mérida donde se encontraban reunidos varios carruajes preparados para partir. Todos ellos pertenecían a los miembros de la Junta Central, que como consecuencia de la caída de Madrid había salido rápidamente de Aranjuez con dirección Sevilla por el camino real de Extremadura. Su obsesión era huir lejos de Madrid, buscar la seguridad de la lejana Andalucía. Escapar como fuera del ejército francés. La fuga se complicó, ante aquella multitud indignada con la marcha de la guerra en general. Los miembros de la Junta Central tenían motivos para temer la cólera de la muchedumbre. Pero ésta estaba más bien interesada por determinado personaje que acompañaba a la Junta Central en calidad de arrestado. Se trataba del general Gregorio García de la Cuesta, antiguo Capitán General de Castilla. La multitud se concentró en una casa donde suponían pernoctaba el general y decidió bloquear la salida del coche del detenido. La algarada fue creciendo y los componentes de la Junta no sabían que decisión tomar. Seguían temiendo por su seguridad. Su mayor inquietud era saber si los coches serían retenidos. Todos recordaban el destino cruel que habían tenido a manos de un pueblo vengativo y rabioso, varias personas que habían sido sospechosas de colaboración, cobardía o simplemente de incompetencia. Los pueblos que habían cruzado a su paso estaban hirviendo de excitación. Pedían explicaciones, noticias. La Junta pasaba amedrentada por la efervescencia que encontraba en los pueblos y con el rumor de que los franceses llegaban en masa por el Camino Real de Extremadura.


Zayas, un general poco conocido de la Guerra de la Independencia

La anécdota sucedió unos días antes de la batalla de Talavera. El general Gregorio García de la Cuesta había esperado con el ejército de Extremadura a Wellington en el puerto de Miravete. El militar británico, que llegó con cuatro horas de retraso debido a un extravío de los guías, pasó revista de noche a las tropas españolas con la luz de infinidad de antorchas. Estas tropas se componían de jóvenes recién incorporados, algunos procedentes del ejército de Andalucía con un equipamiento muy insuficiente. Gran parte de aquellas tropas estaban mal vestidas o con los uniformes incompletos y sobretodo deficientemente dotadas de calzado. Esto no pasó inadvertido a los observadores británicos que acompañaban al general inglés. Esta era la primera vez que los ejércitos español y británico se reunían para a dar una batalla. Gran Bretaña debería vengar a John Moore y a todos los soldados que se quedaron en el camino durante la horrible retirada hacia Coruña. El ejército español tenía también su propia cuenta desde la masacre de Medellín. El día 21 de julio de 1809 ambos ejércitos se reunieron en Oropesa y avanzaron hacia Talavera. Desde aquel día tuvieron lugar algunas reuniones y comidas en las que participaban mandos de ambos países. En una de ellas los británicos comentaron el mal aspecto de los soldados españoles. Los oficiales ingleses despreciaban a las tropas que no iban tan bien vestidas como las suyas y suponían que no serían capaces de aguantar una batalla. Un oficial español, que se hallaba presente, intervino, posiblemente con rabia, quizás con amargura, pero seguramente con dignidad: “Señores, estos mismos soldados, sin zapatos, sin casacas, fueron los defensores del Ferrol, de Tenerife, y de Buenos Aires”. Wellesley demasiado grande para dejar de lado una respuesta tan adecuada a aquellos comentarios, añadió: “Señores, ustedes han merecido esta lección.”


La Guerra de la independencia en la novela del siglo XX

Es interesante hacer un balance, aunque sea superficial, de las novelas escritas sobre la Guerra de la Independencia desde principios de siglo XX hasta la actualidad y analizar sus efectos como vehículos informativos del conflicto con independencia de su calidad literaria. Pero como también la Guerra de la Independencia es un motivo muy atractivo para los novelistas de los países que intervinieron en el conflicto, es conveniente iniciar una valoración de la contribución de todos ellos a este tipo de literatura.


Matanza infernal

Los días 6 y 7 de junio de 1808 tuvo lugar un lamentable acontecimiento que dejará una huella profunda en la memoria histórica de los valencianos y que les condicionó para enfrentarse a las ofensivas francesas de los años siguientes. En dos días fueron asesinados en Valencia cerca de 400 ciudadanos franceses que habitaban en el Reino y se dedicaban al comercio. Cómo sucedió este hecho es un suceso que los historiadores locales han narrado con detalle[i] pero que, al nivel general de la Guerra de la Independencia, otros historiadores, han pretendido rebajar su importancia por tratarse de algo que, si bien la población rechazó, fue incapaz de evitar. 

 

 


Una aventura en Boadilla del Monte . La condesa de Merlin y el palacio

Llegamos al palacio de Boadilla, que había pertenecido al cardenal de Borbón. Era un palacio cuadrado, a la italiana, con cuatro pórticos que sostenían bellas columnas de mármol blanco. Era grande, nuevo, y construido con lujo, pero no estaba amueblado: sabia manera para que no lo saquearan. En la parte delantera se veía un inmenso parterre guarnecido por las más bellas flores; pero no había árboles en los alrededores. Solamente se percibían espesos bosques hacia el lado sur y un coto de caza poco extendido hacia el oeste. El resto del horizonte estaba desnudo: nada, absolutamente nada más que arena y matorrales. Mi marido había enviado de Madrid, por la noche, con una escolta, todo lo necesario para la comida, a fin de impedir que la guerrilla hiciera un buen banquete a nuestra costa. Después de visitar el palacio, nos sentamos a la mesa. Ésta se había preparado en la galería norte, frente al parterre; esta galería era de estuco blanco con baldosas de mármol cuyos vivos colores y extrañas formas formaban un dibujo de estilo oriental de una rara belleza. Ninguna cortina había en las ventanas que eran de un tamaño desmesurado y estaban abiertas. El cielo, de un azul puro, se enmarcaba en las inmensas ojivas que formaban las ventanas. El aire, tras atravesar el sol y el parterre, nos llegaba tibio y perfumado. La comida era excelente, así como nuestro apetito. Los jinetes de la Caballería Ligera habían desaparecido; no había instrumentos de guerra. Mi marido, que sabía lo triste que me ponía esto, tuvo cuidado de apartarlos de nuestros ojos. De esta manera, se recuperó el buen humor y el bienestar del que disfrutamos nos hizo verlo todo bajo un prisma de risas...

            De pronto oímos un disparo de fusil... después dos, tres... luego descargas completas... ¡No era posible de explicar el terror general que nos invadió! . . . Antes de que tuviera más miedo, miré a mi marido.

            —Tranquila —me dijo enseguida…—. Son los guerrilleros, pero estás bien protegida... Sabía que, desde que llegamos, se encontraban por los alrededores, conocía cuantos eran y he tomado todas las precauciones. . . No te alarmes´.

Y salió…